Quedarse en casa

Escrito por Carla Adell

El 23 de abril de 2009 me levanté con la noticia de que no había escuela. Me emocioné. No tener escuela a los 11 años es algo emocionante. “Es por la influenza, está muy grave” dijo mi mamá. Hablaba del virus AH1N1 que para ese día había cobrado la vida de siete personas. Eran más que suficientes, las escuelas debían cerrar, la gente debía aislarse, se difundía información sanitaria y luego, se hacían campañas de vacunación.

La pandemia había llegado al nivel 5 de 6 en las estimaciones de la OMS. A nivel mundial se registraron alrededor de 18,337 fallecimientos causados por el virus en 2009, según estimaciones de la OMS. En México, en febrero de 2010 se reportaban 1,032 muertos y 72,233 casos confirmados con AH1N1, afectando principalmente a jóvenes menores de 30 años, según datos de la UNAM.

Esto no lo recuerdo, yo recuerdo las dos semanas que pasé en familia pintando flores y viendo películas sin salir de casa a ningún lugar.

Luego, regresar a la escuela implicó ponerse gel anti-bacterial al entrar y una persona encargada de revisar nuestra temperatura para mandar de regreso a cualquier niño que presentara alguna anomalía. La influenza seguía ahí, pero ya estaba controlada, ya había vacuna, ya había cura, podíamos seguir con nuestro día a día y así fue. Años después la gente seguía contrayendo influenza, y por más que fuera terrible, ya no asustaba tanto como cuando comenzó.

Once años después, me levanto con una noticia similar: hoy no hay escuela. Me han cancelado las clases hasta nuevo aviso por el brote de COVID-19 (también conocido como Coronavirus). No me emocionó esta vez. Llevo semanas leyendo sobre el virus en internet, entre noticias alarmantes y memes muy ingeniosos, por todos lados veo mi vida afectada por el COVID-19  —en todos menos en mi salud, por ahora—. La discusión en torno al virus salta constantemente entre un tema biológico (qué es, cómo se contrae, de dónde provino, etc.), a un tema político (“los conservadores quieren que nos contagiemos”), a un tema social (“no todos podemos darnos el lujo de quedarnos en casa”) y a un tema económico (“Caída histórica de bolsas con Wall Street en pánico por coronavirus”). El tema social es el que me interesa en este momento.

Si eres una persona que, como yo, pasa una cantidad irracional de tiempo en redes sociales, seguramente ya sabes que lo que más se está promoviendo es el aislamiento voluntario. “Salvar una vida nunca fue tan fácil: quédate en casa” es el lema que te encuentras en algunas publicaciones. Estamos ante una pandemia, y ante circunstancias extraordinarias, medidas extraordinarias. Al día de hoy, 18 de marzo de 2020, existen 198,513 casos de COVID-19 y 7988 muertes; 82,763 se han recuperado. En México, hay 93 casos confirmados y 206 casos sospechosos.

Si lo comparamos con la población del país, 93 casos parecen ser nada, pero así comenzó Italia, y en menos de dos semanas se convirtieron en el segundo país con más infectados y más de 2,500 muertes (una tercera parte de las muertes totales).

Debemos evitar esto, es responsabilidad social el cuidarnos entre nosotros y tomar todas las medidas posibles para que el virus no continúe esparciéndose en México.

Es importante el distanciamiento social pues una persona puede tardar en presentar síntomas de 2 a 14 días después del contagio, y durante este periodo puede infectar a más personas por medio de las gotas de saliva que expulsa al toser, estornudar, o sólo al hablar. ¿Ves por qué es importante estar a una distancia considerable (tu casa, por ejemplo) de otras personas? Si la gente siguieran su rutina diaria, compartiendo espacio público con muchos otros, interactuando socialmente, etc. el virus tendría oportunidad de propagarse más rápidamente, mientras que, si hay distanciamiento social (ejem, aislamiento voluntario) el virus tiene menos oportunidad y su propagación se vuelve más lenta y entre menos personas. Esto es importante para “aplanar la curva” de contagios, es decir, que el número de casos no crezca demasiado en un corto periodo de tiempo, pues si esto pasara lo más probable sería que el sistema de salud no podría atender a todos los enfermos y se vería rebasado.

“Pero el coronavirus es sólo una gripa, no es tan grave…” podrás estar pensando. Pues sí, es cierto que a una persona joven y saludable no le hace tanto daño, pero la población de mayor edad y las personas con enfermedades preexistentes sí están en riesgo (y México es el país no.2 en obesidad).

“El quedarse en casa es un privilegio de clases y no todos pueden darse ese lujo…” Es cierto que la mayoría de los mexicanos viven al día con lo que ganan al día, pero no es el caso de todos. A ellos les digo que continúen con lo que consideren deben continuar. El aislamiento voluntario no se les exige a todos, pero se les pide a muchos: con que hayan menos personas que puedan contagiarse es suficiente. Y si tú tienes la capacidad de hacer que otros se aíslen (eres director de una empresa, tienes empleados bajo tu cargo, etc.) entonces lo más prudente sería hacerlo, ya sea parando actividades laborales, o re-organizándolas para que puedan ser realizadas desde casa. Pedirle a las personas que ayudan en las labores del hogar que se resguarden por unas semanas (y pagarles dichas semanas) es otro ejemplo de lo que se puede hacer.

Llegamos al fin de este texto, y en resumen podemos decir que el problema no es la enfermedad en sí, sino todo lo que dicha enfermedad conlleva. Un país que no tiene la infraestructura medica para atender, al mismo tiempo, miles de casos, no puede permitir que el virus se siga propagando y nosotros, como ciudadanos, pero también como nietos y como amigos, tenemos la obligación de hacer lo posible para que el impacto sea menor.

Lo paradójico será que si ahorita las medidas parecen exageradas, pero funcionan, la falta de contagios y de muertes harán que  muchos sigan pensado que las medidas fueron exageradas (pero en realidad fueron necesarias).

Bibliografía